Sebastián y Nahuel se conocieron en marzo de 1992, cuando tenían tres años, en el Jardín 901 de Castelar. Crecieron juntos pateando el barrio, como se decía antes. Las rodillas, siempre rojas, lastimadas por defender una pelota en el asfalto, el caucho de antes. Lo único que podía suspender un picado era el bocinazo de un vecino que circulaba con prisa por Zeballos y doblaba en la calle Villa de Luján, el estadio de los pibes. “¡Auto!”, gritaban. Rápidamente corrían a la vereda, pero antes, se aseguraban de salvar la pelota. Los años pasaron y la amistad fue creciendo, como la pasión por el fútbol. Pero como todos los buenos amigos, algo malo tenían que tener: Seba era de River y Nahuel de Boca.

Aquellos años noventa, época donde los Millo pestañaban y levantaban un trofeo y los bosteros se daban el gusto de ganar casi todos los clásicos, eran tiempos de una Argentina superficial. La pizza con champagne. Y el futbol, obviamente, no estaba ajeno a eso.

A principios de este siglo, en 2002, cuanto tenían trece años, la vida de ellos pasaba por la pelota. Los sábados en el club y los domingos jugando en la calle o alguna canchita hasta que llegaba la hora de ver a sus ídolos por la tele. Los partidos los pasaban por codificado así que, para Seba y Nahuel, era normal ir a la estación de servicio La Raza, que quedaba en la esquina de Zeballos y Buenos Aires, a pocas cuadras de sus casas.

El lugar era chiquito y siempre había mucha gente. Para entrar, te exigían una consumición y, encima, los precios eran muy altos porque, la viveza criolla mal entendida, siempre se aprovechó de la pasión de los futboleros. Nahuel, el más caradura de los dos, se la rebuscaba para ser simpático y lograr que los dejen pasar. Muchas veces, lo conseguían. Pero, un día no fue así.

El 27 de octubre de ese año, River recibía a Boca, en El Monumental, por la fecha 14 del apertura. En la semana, habían apostado una Coca para ver quien ganaba.

  • Hoy el Melli les hace dos y Carlitos, uno.
  • Callate – respondió Seba – ¿cuántos nos van a hacer? Nosotros tenemos a Cavenaghi, papá.

Llegó el domingo y fueron para la estación de servicio. Estaba todo repleto de gente y, encima, los pocos lugares que quedaban, ya los habían reservado. Y claro, era el superclásico.

Entonces, como era vidriada, decidieron aunque sea verlo desde afuera, a través del vidrio. Fue muy difícil pero la pasión no se lleva bien con la razón.  En el entretiempo, Nahuel fue hasta su casa a buscar dos banquetas para, por lo menos, poder sentarse. Cuando los hinchas de adentro se levantaban por una situación peligrosa, Seba y Nahuel intentaban mirar entre medio de las personas. Donde quedaba un hueco. Adivinaban la jugada. Ganó Boca, a falta de diez minutos, con dos goles del Chelo Delgado. Fue 2-1 pero, en La Rhasa, los dos habían perdido por goleada.

Con un poco más de años, podían decidir por ellos mismos y no dependían tanto de sus padres. Para eludir al codificado, optaban por ir a la cancha, ir a algún barcito porque ya tenían la edad suficiente o se juntaban en lo de algún amigo que tenía la posibilidad de pagar por el fútbol. Sino, esperaban hasta la noche para ver Fútbol de Primera, el clásico resumen de todos los domingos.

Hasta el momento, no podían ver la relación social en la que estaban inmersos, por ser parte de ella, por su edad y por no conocer que eso que se presentaba como lo normal, que el deporte más popular del país sea para algunos, podía ser de otra manera.

Hoy tienen 28 años. Seba hace dos años que alquila con su novia y se mudaron a Ituzaingo. Nahuel, también, pero del lado sur, a pocas cuadras de la estación. El último clásico, que ganó River 3-1 en La Bombonera, la casa de los riverplatenses fue una fiesta. Seba tiró una bondiola a la parrilla, un amigo trajo cerveza y, a las cinco de la tarde, los once gallinas se sentaron en el sillón nuevo, frente a la tele. La felicidad y el orgullo que sintió de agasajar a sus amigos en su casa fue inexplicable. Pero la noche no terminó ahí. No podía faltar la gastada por WhatsApp, obviamente, a su amigo Nahuel.

Durante los noventa minutos que dura un partido, el fútbol es democratizador. Puede haber un tipo de plata como uno con carencias, uno de derecha como de izquierda, uno con trabajo como un desempleado, un peronista como un radical. Si está en tu equipo, después de un gol se van a abrazar como si fuera el final. Si es contrario, la rivalidad será deportiva y no social. En el fútbol, no hay grietas.

Conseguir una entrada para ir a la cancha es, cada vez más, una odisea. Para colmo, de visitante no se puede ir. Entonces, poder verlo por televisión, en HD y por TDA, significó un derecho dignificante. Dejó de ser un privilegio. Pero este fin de semana, tristemente, empezó la agónica muerte del futbol popular.

¿Hay algo peor que la lástima? Si pagas, lo podes ver en HD y sino, no te quejes, se están compadeciendo y te lo pasan. Eso sí, la calidad es denigrante.

Ayer, Nahuel vio, como pudo, a su querido Boca y Seba, haciendo malabares para sintonizarlo mejor – hasta pensó en volver a la TV de tubo –, sufrió con su River. A los dos se le vino la misma imagen. Parecía que al menos lo podían ver desde afuera de la estación de servicio. Por ahora, lo pueden ver, pero como si estuviera el vidrio empañado. Volvió la grieta, de clase, al fútbol.

Para terminar, me permito citar a Arturo Jauretche: “La prosperidad de los de abajo ¿ha molestado a los de arriba? No a los de muy arriba, porque el empresario sabe que esa prosperidad general es condición necesaria de las buenas ventas, es mercado comprador para sus productos. Molesta solamente al escalón inmediato superior, a esa clase de quiero y no puedo de la pobreza vergonzante, a quien parece disminuir socialmente el ascenso de los que estaban un poco más abajo, porque se alteran sus jerarquías rutinarias de la importancia social. El sentir de un gran sector que, extraviado y deprimido ante el hecho nuevo, se siente desclasado por sus prejuicios, que le hacen ver una derrota donde hay una victoria.”

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